Homenaje a Leónidas Proaño

El hermano Leónidas Proaño, pastor y profeta

El mural  de 1998 en Pucahuaico, Ecuador, es un homenaje a mi hermano Monseñor Proaño, que muestra su caminar junto a los pueblos indígenas del Ecuador. Junto a él está la hermana Nelly Arrobo, quien siempre le acompañó y el padre Pepe Gómez Izquierdo, de Guayaquil y la hermana Genoveva de las Lauritas, junto a ellos está la hermana Nelsa Curbelo, que pertenecía a las congregación de Hermanitas de Jesús, hoy en Guayaquil, es la comunidad de vida y fraternidad junto a los pueblos indígenas. Monseñor Proaño está junto a una niña celebrando la Vida y el compromiso con Jesús en  su testimonio de vida. Proaño quiso ser enterrado en Pucahuaico y asi se hizo. Con el mural quise dejar en el lugar el mensaje de quien siempre fue fiel servidor de su pueblo siguiendo el camino de Jesús.

Conocí personalmente a Proaño en 1974 en el Seminario Mayor de Medellín, Colombia,  y desde ese momento, acompañándolo en sus luchas en Ecuador junto a los hermanos indígenas en defensa de la tierra, su identidad y valores, sociales y espirituales; nos sentimos hermanos en el mismo camino que fuimos recorriendo y compartiendo en América Latina.

El Obispo Proaño era un profeta de nuestro tiempo que anunciaba y denunciaba desde la fe las injusticias, eso le llevó a tener problemas dentro de la misma iglesia y ataques de algunos obispos que no comulgaban con Proaño su compromiso con los pobres.

El Vaticano le nombro un observador para ver la Pastoral que desarrollaba en la Diócesis de Riobamba, acusada por la oligarquía de ser subversivo.

Proaño fue uno de los obispos precursores en Medellín y Puebla, buscando renovar en la iglesia su compromiso desde el Evangelio y hacer realidad el Concilio Vaticano II.

El 12 de agosto de 1976 nos encontrábamos reunidos en la Casa de la Santa Cruz en Riobamba cuando un batallón del ejército Ecuatoriano invadió la casa en el encuentro de Obispos Latinoamericanos, sacerdotes y asesores que acompañábamos el encuentro, fuimos acusados de ser subversivos y llevados al cuartel San Ignacio en Quito, antiguo seminario jesuítico que vendieron a las fuerzas armadas.

Son muchos los recuerdos y anécdotas vividas, pero lo más significativo de todo fue cuando separaron a Monseñor Proaño del grupo y lo llevan aparte para interrogarlo y acusarlo de un encuentro subversivo. Su respuesta fue: “Sí, tenemos lo más subversivo que puedan imaginar, los Santos Evangelios”, que nos guía en nuestro camino de la iglesia.

Un grupo fuimos expulsados al día siguiente del Ecuador y nos dejaron de noche en la frontera colombiana en Ipiales, ahí fuimos a un convento de hermanas que nos recibieron y pudimos dormir y ver la forma de regresar a Riobamba.

Los obispos, sacerdotes y asesores que estábamos presos tuvimos mucha solidaridad entre nosotros y esperábamos que la nunciatura tuviera una acción y protesta ante el gobierno de la dictadura ecuatoriana, sin resultado. Muchos obispos al ser liberados tuvieron que salir del país.

Con Proaño compartíamos como hermanos las angustias, esperanzas y la fuerza de la oración y le prometí hacer un Mural para la Catedral de Riobamba que representa al Cristo de Poncho, a las comunidades, profetas y mártires de nuestro tiempo, como Monseñor Romero, el Cardenal Arns, Don Helder Cámara, Pedro Casaldáglia, entre otros y la casa de la Santa Cruz en Riobamba.

En el Año 1985 propuse a Proaño a la candidatura del Premio Nobel de la Paz y se desarrolló una intensa campaña en Ecuador como en otros países del mundo, en especial América Latina. Era importante ese reconocimiento a nivel internacional para fortalecer la pastoral de su diócesis. Se vivió con mucha fuerza y esperanza, más allá si le daban el Premio Nobel o no, lo importante fue la gran participación popular y apoyo de otros pueblos que reconocían en Proaño la voz profética

Proaño nos dejó como testimonio su coherencia entre el decir y el hacer, como esos grandes místicos que anuncian y denuncian el camino que nos señala nuestro Señor.

Se humildad, durante los años que nos conocimos nunca le escuche una queja de todos sus sufrimientos, asumió su cruz con dignidad y esperanza.

En varias oportunidades viajamos juntos a las comunidades indígenas del Chimborazo a compartir con la gente y escucharla, siempre fue una voz serena y firme, los pueblos son los constructores de sus propias vida y de su historia.

Adolfo Pérez Esquivel

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